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“ No hay poder más eterno que el eterno poder
del arte. En sus interioridades busco el camino que me salve del
delirio inexpresivo; sólo así, el artista puede entregar su espíritu
a Dios.
Se me deshace el bronce en las manos con el
humilde propósito de compartir con todos los ojos lo que mi
oscuridad imagina.
A veces pienso cómo podría dar voz y aliento
vivo a mis obras; pero de inmediato la razón me castiga por tal
osadía y repliega mi atrevimiento recordándome que sólo Dios puede
dar voz al silencio.”
Salvador Amaya |
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“...sin duda el homenaje más sólido, el de más
quilates, el el interiorizar cada cual los valores y principios de
nuestra Constitución, la libertad, la justicia y el pluralismo
político, pero no es malo que en la vida urbana cotidiana, en el
paseo, en la calle, haya un elemento tan hermoso que permita o ayude
a esa interiorización”
Gabriel Cisneros Laborda
Partícipe en la redacción de la Constitución
de 1978
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“Una obra espléndida, heredera de los
grandes artistas clásicos”
“no es sólo una representación simbólica
de la Carta Magna, sino una lección de saber artístico y cultural de
este joven artista”
Pablo Gómez
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“Sencillez clásica; volumetría uniforme,
naturalismo, paños mojados, etc; muchas serían las características
de su obra; pero sin duda las que más me asombran son su humildad y
el silencio que lo acompaña; aquí están los cimientos que erigen la
genialidad del creador; igualmente, este comentario escrito en el
aire queda en manos de la docta historia”
Salvador
Amaya ha sabido dotar a la escultura de la fuerza racional que el
tema necesita, para ello se ha valido de una técnica depurada,
estableciendo sus límites en la formulación clásica. La inquietante
y persuasiva mirada de la escultura recoge al espectador en una
serenidad contemplativa. Buen tratamiento de los detalles: pelo,
diadema laureada, cenefas, etc. “No hay poder más eterno que el
eterno poder del arte”, dice Salvador Amaya, a la hora de valorar la
vida que el bronce o la piedra silencian.
Antonio
Pascual
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