Salvador Amaya nace en Madrid el 11 de marzo de 1970. Pronto despertará en él su vocación artística. Con tan sólo cinco años, ya dejaba volar su imaginación contemplando a su padre en plena ejecución artística; - Marino Amaya ha sido un gran exponente de la escultura española del siglo XX; conocido por su temática infantil, cuenta con una obra extensa, entre la que destacamos dos ejemplos, el primero, dedicado a Isabel la Católica en Gijón; y el segundo a D. Quijote y Sancho en Alcázar de San Juan. Marino es un autor polifacético y de grandes recursos.
El
joven “Salvita” – apelativo cariñoso utilizado por sus más íntimos - participaba
visualmente de cada fase en el proceso creativo de su progenitor; seguía paso a
paso, entre juegos y descansos, el nacimiento del arte en su personalidad. “
Lo que fue un juego pronto se volvería una necesidad; necesito el arte para que
mi alma pueda comer”; y no le falta razón al artista; pocos entienden el
delirio que supone la entrega absoluta al mundo de la creación; es, sin duda, la
bella esclavitud a la que obliga el arte la sentencia a muerte que le hace ser
eterno.
Una tarde de mayo observando cómo abocetaba su padre una figura - actual Monumento a la Maternidad en Logroño-, se fundió con la luz que del arte nace y al arte siempre vuelve. El arte sería su hermano más preciado – Salvador tiene cinco hermanos, algunos de ellos se dedican al mundo del arte como es el caso de Anabel, una gran pintora al pastel que navega, con amplia paleta, desde los oscuros que avalan la crítica social al clasicismo de forma y contenido en sus retratos más académicos –. Hermano fiel es el arte, pero a la vez perverso y vengativo, pues la inspiración no acude con tanta celeridad como uno desea, y en esos momentos las tempestades más horribles hacen sucumbir la sensibilidad temporal del artista. No creo que haya castigo más inquisitivo, que dormida la noche, el alba sepulte toda inspiración posible.
Desde esa observación tan necesaria en el artista, aprendió el valor de las
luces y sombras; los juegos del claroscuro bordeando los límites de las
esculturas; las calidades íntimas del gesto y el movimiento expresivo; los
escorzos y las serenidades clásicas: la Historia del Arte es la historia de la
observación de la naturaleza, sólo podemos entender su inmensidad azul cuando
cerramos las realidades y abrimos las pupilas de lo imposible.
Desde esa revelación cuasi mística, su padre se convierte en su maestro-guía.
Cánones perfectos y cotas precisas, materias nobles o rústicas, técnicas al uso
fueron susceptibles de enseñanza, - apenas contaba ocho años cuando se
entretenía modelando figuras con grandes trozos de jabón - y con Marino, lo
encuentra de manera absoluta; éste le introduce en el mundo escultórico de los
clásicos griegos del siglo V y IV a. C.: Mirón, Policleto, Fidias o Lisipo; sin
obviar a los grandes genios del Renacimiento- Sansovino, Rustici, Cellini-, y
sobre todo a Miguel Ángel Buonaroti. De Miguel Ángel aprende a desgarrar la
materia borrosa y sobrante de la idea primigenia; ya el propio Picasso se
refería al valor de lo previamente pensado por el artista: “yo pinto las
cosas no como las veo, sino como las pienso”. Acepta con sacra fidelidad el
estudio clásico del cuerpo: una anatomía depurada envuelta en la desnuda
humanización del pliegue. Son estos primeros años de estudio y tanteos, de
apuntes visuales y primeras arcillas; hoy perdidos en la imprevisión que acuna
por norma todo destino.
Durante la adolescencia ya le vemos “colaborando” con su padre en algunas
obras que éste tiene encargadas, su misión era la de terminar detalles
escultóricos, - hacia 1567 Leonardo de Vinci, con tan solo quince años, entra
como aprendiz en el taller de Verrocchio - salve este ejemplo la infinidad de
situaciones parecidas mas no idénticas de muchos artistas a lo largo de la
historia.
De
la colaboración con Marino Amaya destacamos dos ejemplos: Monumento al F4
Phantom en Torrejón de Ardoz y Donantes de Sangre en León; en estos
trabajos, Salvador, deja sencilla, pero también eterna huella; “siempre fue
un honor y una necesidad compartir tiempo y barro con mi padre”, diría más
tarde Salvador de su padre.
El
lema de su vida ha sido siempre: “ trabajar, trabajar, siempre trabajar”.
El trabajo para Salvador Amaya, desde la humildad que le caracteriza y le honra,
es, según definición propia: “ un regalo que Dios me concede permitiéndome
que de mi tacto sobre cualquier material pueda nacer la voz más silenciosa que
el arte esconde”.
Con paciencia y entrega incondicional, aborda sus obras sin miedo a perder el timón que endereza el tiempo. Muchas veces, este joven artista, me recuerda al misterioso mundo interior del genial Van Gogh, cuando detrás de la puerta de su habitación en Arles –Francia-, las comidas y las cenas se apilaban emparedando, aún más, la estancia del pintor. Pierde, como Van Gogh, la noción absoluta del tiempo. Una noche, en uno de nuestros encuentros, me confesó que había estado “...veinticuatro horas seguidas amasando el alma de una obra” ; escultura que, según mi opinión y hasta la fecha ,es junto con su bronce valleinclaniano, uno de sus más logrados trabajos: Homenaje a la Constitución en Alcorcón (Madrid).